jueves

Inyección





Quiero inyectarme toda la poesía en el cuerpo, toda la que me quepa dentro. No cabrá el vacío. No habrá agujeros. Solo poesía. Poesía. Que nadie entienda hasta qué punto la necesito. Poesía.

Que consiga abarcar todo lo que soy. Que se extienda más allá de mí. Que los versos lo llenen todo.Que las letras se me queden dentro, que respiren conmigo, que se mezclen con mi sangre, con mi orina, con mis jugos gástricos, con mis recuerdos, con la sal que se derrumbe por mis mejillas. 

Que las letras nazcan de mí y se precipiten por mis piernas, por mis rodillas, que sean ácidas, que sean dulces, que cambien de sabor según quién las chupe. 

Que las letras se agarren fuerte, fuerte, más, más fuerte a mí, a mis células, que caminen conmigo, que sean mi eco, mi reflejo, mi rostro mismo, que me acaricien el pelo, el dolor, la nostalgia de los días de lluvia o de las noches en el sofá de casa. 

Con suerte, cada una de estas letras harán todo lo que tú no hiciste: se quedarán aquí, conmigo. Y no se rebelarán nunca contra mis latidos. No se ordenarán jamás para decirme que no soy suficiente. No se ordenarán jamás para volver a escribir la palabra de siempre. 

Tu palabra. La de todos. La palabra.

La palabra:


A d    i        ó                s.





domingo

En vino y en directo




La noche recorría, lentamente, mis hombros.
Volvimos a encontrarnos por casualidad (una de esas casualidades que se buscan).
Mezclamos la vida con los versos, la ciudad azul, el postconcierto, mis labios rojos, el vino blanco y sus ojos verdes.
Sonaron aplausos, canciones, besos (de esos que se dan con la mirada).
Acabamos en el bar de siempre, en una mesa que comienza a definirme.
Esa noche se ganó el pronombre: era Él, un semidesconocido que me hacía sentir como en casa.
Esa noche me gustaba cómo sonaba mi vida ante su mirada. Me encantaba ver cómo se deshacían los minutos en su boca.
Hablábamos sobre nosotros, sobre quiénes no éramos, sobre lo que no teníamos, sobre lo que queríamos. Estábamos llenos de luminosas ausencias. Y todos esos espacios en blanco, sin embargo, los trasladábamos a los papeles. Llenándonolos. 
Hablábamos sobre lo imposible: ser una persona ordenada, cuerda y formal escribiendo poesía o haciendo canciones. (*Nota a pie de verso: Imposible como esperar algo más que una noche. O unas cuantas. Imposible como esperar tener un hueco en su vida, y no solo en su cama.)


Ahora que lo recuerdo todo frente a un teclado, ahora que vuelven a sobrarme los espacios vacíos, me gusta pensar que nos rescatan todas las cervezas que no nos hemos tomado (aún), todas las palabras que no nos hemos dicho (aún). Todas las veces que volveremos a encontrarnos. Como siempre, por casualidad, claro.
Ahora que vuelvo a estar lejos, me gusta intuir el regreso.
Él es el protagonista de una película en blanco y negro, 
Él es galán e hijo de puta,
voz ronca, amor en carne viva,
amor roto y descosido,
amor deshilachado,
Él es un huracán silencioso,
Él es materia de canción y poemas,
Él es el chico enigmático de la novela 
y yo… 
Sonrío mientras confieso
que estoy hecha para la tragedia y el desorden,
para las luces de bar,
para la nostalgia de domingo,
para los versos de tren.
Para marcharme, 
escribir sobre él
y, después,
volver.
(Creo que todo encaja.)

Sé que volveremos a vernos.
En vino y en directo.
Con la ciudad azul.
Con mis labios rojos.
Con sus ojos verdes.

Sonrío.

Creo 
que todo encaja.



lunes

¿Brillamos?


Todo suele empezar
al borde del final.
El inicio es solo el rumor
que planea sobre una mirada expectante.

Suenan los últimos aplausos.
La sangre oprime un abrazo.
Alguien desea.
Alguien es lejanía.

Son nómadas,
personas sin hogar.
No pertenecen a ningún lugar.
No pertenecen a nadie.

Buscan.
Respiran.
Laten
con fuerza.

Son nómadas
que se esperan
a ras de la herida.

Se tocan
por debajo del silencio.
(No saben hablar. Solo aúllan.)

Se despiertan 
con los ojos abiertos al contraluz,
se reconocen a escondidas,
cuando no pueden verse
se miran.

Son nómadas
que se buscan
al fondo de la vida.

Siempre escapan
pero siempre quieren regresar.
Necesitan tener un paraíso pendiente,
por conquistar.

Tienden al número impar,
a la palabra insuficiente, 
al esquelético encuentro, 
al silencio grasiento.

A veces sus cuerpos 
se chocan en la misma sala.
Él en un extremo
y ella al otro lado.
En el centro baila el tiempo
y un número indecente de invitados.

Para ella la vida es estar ahí,
en esa permanente espera de luces,
en esa pausa que quema la boca.

Ella se mueve, desordenada y caótica, 
mirando de reojo a su alrededor,
deseando que se iluminen
las luces del escenario
y él se acerque
para cortarle la respiración,
para arrancarle lo que le queda de corazón,
para decirle al oído, por fin,
¿bailamos?

Ella se mueve, desordenada y caótica,
con miedo a que llegue el fin
y él no siga ahí
cuando el concierto haya acabado,
cuando pueda acercarse a su oído
para decirle, por fin,
¿brillamos?



Pero una vez más
todo empieza al borde del final.

Se eleva el sonido
de los últimos aplausos.

La sangre oprime un abrazo.



Vuelven a ser nómadas.



Vuelven a ser deseo.



Vuelven 





a ser lejanía.