lunes

Era verano y mis poemas no se iban de vacaciones






(I)
Tengo demasiado dentro
que no sabe cómo salir.


(II)
La dictadura de lo plano.
La perfección.
La belleza.
Los huesos.
Mierda, siempre los huesos.
El vientre liso.
El vientre asquerosamente liso.
Los huesos que se elevan.
Masticar los pellejos.


(III)
Estar aquí
es sentir el crujido.
Estar solos
y no saberlo.
Estar profundamente solos.


(IV)
Me siento sucia cuando como sola.
Me siento más sola.
Sé que en realidad nunca he escrito nada. Nunca puedo escribir nada. Me hago agujeros, extraigo cosas. Pero yo nunca estoy aquí,
sobre el poema.
No quiero que nadie me conozca
antes que yo misma.


(V)
No hay forma de permanecer en el hogar.
No hay forma de dejar de ser pájaro.


(VI)
Aquí hay demasiada gente
que no significa nada.
Edificios. Polvo. Humedad.
Necesito dejar de buscar
para encontrar algo.
Necesito alejarme del miedo.


(VII)
Desconocemos al otro
hasta que empezamos a amarlo.
Acumulamos cáscaras de estrellas.


(VIII)
Lo fugaz es brillante.
Lo fugaz es puro.
Lo fugaz está vivo.
Lo fugaz es real.
Y yo solo quiero infinito. 


(IX)
Necesito que alguien me pregunte
o me de alguna respuesta.
Necesito que alguien me diga algo.
Necesito que alguien sea capaz de decirme algo.
Aunque calle.
Necesito que alguien me revuelva todas las palabras.


(X)
Hay días que no quiero vivir más. Que quiero pararlo todo. Porque amo la vida. Porque no quiero estar más cerca de la muerte.
Porque me agobia existir en un solo cuerpo y vivir una sola vida y no poder parar de tragar segundos.
Solo quiero tiempo. Huir del pasado. Barrer la ceniza, ser la llama. Ser plenamente consciente de estar viva.
Aunque mi cuerpo torpe me absorba. Aunque mi estúpido cuerpo restriegue mi alma contra las paredes del mundo, aunque vuelva a tropezarse con la sangre, con el olor a putrefacto, con el dolor, con sus alas plegándose en los ojos, con el olor a hospital, las sábanas de hospital, las habitaciones torcidas de hospital, el estómago en la boca, el cielo cayendo como un vómito, la espera, el pasillo, el color blanco tiñendo la piel, los tobillos, los dedos apretados, las piernas separadas, los muslos fríos, el sexo, la escarcha, la oscuridad, las manos que palpan, los comprimidos de distintos tamaños y colores, lo inerte atravesando lo vivo, lo vivo encogiéndose, el amor siendo devorado, la carne rosada y temblorosa, el color blanco, el repugnante color blanco, las manos palpando a través del blanco. 
El miedo.
El miedo a atravesar la puerta.
El miedo a la última vez.
El miedo a no poder regresar.


(XI)
No sé cómo salvarme de la vida.
Amo demasiado la vida.


(XII)
No puedo quedarme a esperar.
Quiero un alma más grande que este cuerpo.
Quiero bañarme en la luz.
Quiero empaparme de luz.
Quiero ser más luz
que materia.
Quiero toda la luz.



La quiero ahora.


viernes

Mientras los demás hablan de amor





Cuando hablaban de amor
a mí me faltaban verbos
que los demás escondían bajo la ropa,
que solo sabían pronunciar con la piel.


Cuando hablaban de amor
yo solo veía su sombra
y me sorprendía, a veces,
caminando de puntillas
por tu recuerdo.


Cuando volvían a hablarme de amor
y yo avanzaba a ciegas,
de nuevo,
letra a letra, 
e intentaba balbucearlo
con el alma a un lado 
(repleta de llagas)
y la página reluciente al otro 
(esperando mi nuevo catálogo de heridas),
cuando eso sucedía,
me daba asco,
a mí misma, 
por serle tan infiel a una palabra.


Solía entonces volver a ti,
entre el vocablo y el silencio,
aunque tú esperaras
que volviera para quedarme (aunque nunca lo hiciera),
y aunque ahora sea yo la que regresa
al mismo sitio de siempre
donde todo lo que falta
eres tú.


Siempre volvía a ti.
Y mira:
quizás aún lo sigo haciendo.

martes

Amas




Amas en secreto
lo que está a punto de arder.

Amas la dolorosa belleza
de todo aquello
a lo que no puedes abrazarte.

Amas el aullido
que recorre las calles vacías.

Amas el corazón de bar,
la piel de escenario,
el alma intraducible.

Amas la hora incorrecta,
el latir inadecuado.

Amas la tinta sin estrenar,
la cuenta atrás,
el sol jadeando en tu cuerpo,
la noche escalando tus piernas.

Amas lo que no puede marcharse,
lo que nadie puede arrebatarte.

Amas la imagen
que no has visto nunca.




jueves

Cuando mi cuerpo se convirtió en aeropuerto

















El cielo se        
          e x p a n d e 
y se  contrae.

Nadie mira a los ojos.
Todos balbucean mi nombre.
Todos planean sobre mi cuerpo.
Todos vuelan a kilómetros de mi alma.

Las terminales me iluminan la piel.
La puerta de embarque enfoca 
un nuevo hogar desechable.

Dar la bienvenida y despedirse.
Inspirar y espirar en la sala de espera.
No amar nada con demasiada fuerza.
Concebirlo todo siempre 
a punto de apagarse,
dejando una luz pegajosa entre los dedos.
Mirar siempre el panel de salidas. Nunca el de llegadas.
Hacer y deshacer la maleta.
Clavar las uñas en el calendario.
No nombrar nada.
Porque nada tiene nombre.

Solo eso.
Todo eso.
Eso significa estar aquí y ahora.
Eso que es ahora 
pero no es presente.
Que es mío pero no me pertenece.
Es tiempo de otro.


viernes

Afonía





No me nace la voz.
Toda sílaba escuece en la garganta.


Me pregunto si, aun así,
habrá alguien que quiera escucharme,
que quiera quedarse
para llegar a entender
quién soy.


La realidad me exige demasiado.
A veces no puedo evitar
quedarme a las puertas
rascándome las heridas,
dejando que la sangre fluya
y empape el verso,
arrancándole las costras al silencio.


Estoy sola
porque ni siquiera estoy conmigo.
Repito dócilmente
todo aquello que supone saberse con vida.


Solo intento anestesiar el dolor
y los sentimientos.
Mantengo la calma,
cumplo las reglas.
Me alejo
esbozando una enigmática sonrisa
justo antes de regresar a casa
para volver a buscar una nueva forma
de gritar sobre un papel
que tengo miedo.

martes

Puerta cerrada




Las puertas cerradas
me dan miedo.

La voz araña antiguas canciones,
el mapa señala nuevos puntos de fuga cada semana.

Los gatos maúllan bajo el vestido,
las sombras se restriegan contra mis costillas
y yo 
siempre parezco tan perdida.

La gente se asoma a mi cuerpo
como a un escaparate.

No sé si aún resuenan los pasos de todos los que se fueron
o es que nunca he dejado de escuchar mi propio eco,
ese rumor del inicio descosiéndose
una y otra vez.

No sé si siempre ha habido nadie.

No puedo dejar de no encontrarme.

¿Crees que las despedidas son suficientes
para decir adiós?

Me dan miedo 
las puertas cerradas,
el alma entreabierta,
las historias condenadas al silencio.

Abrir la puerta
y comprobar que, tras ella,
no hay nada.

Eso sí que me aterroriza.