domingo

El tiempo de las orugas







Y entonces, la noche es elástica. 
Beso las luces.
Escupo la ausencia.
Busco la eternidad en otra copa de vino.
Vuelvo a no tener edad. 
Ni nombre. 
Ni miedo.
Intento no pensar en el final.
(No puedo.)
Mi amor de oruguita rebota contra cada pared.
Creo en el sexo.
No creo en el amor que no hiere.
Apenas creo en el amor.
Creo en la poesía.
Poesía es que no claves en mi pupila
tu pupila azul.
Sigo buscando esa mano.
Intento destruir el final.
(No puedo.)


Mi amor de oruguita,
oruguita torpe que te arrastras por mi sangre,
necesito sacarte de mí.
Necesito extraer el alma de cada cosa.
Necesito dejar el alma en cada cosa.
Necesito que seas mi escenario.
Necesito que la carne no arda,
que la voz alejándose no arda,
que la imagen arrugada no me queme las retinas.
Necesito que sea hoy
antes de que llegue el momento
de marcharnos.
Necesito olvidar mi cuerpo
y las unidades de medida.
Necesito que no duela.
Necesito no necesitar nada.



viernes

Útero







Algún día sabré qué hacer
con estos 50 kilos, 
estos 24 años de miedo y deseo,
algún día encontraré la manera
de ser yo
y anestesiar todo lo que me duele.

Y no estaré cansada.
De no reinar en mi propia vida.
De ser súbdita de mi cuerpo.

Y dejaré de drogarme 
el alma
con poemas 
y dejaré
de drogar 
los poemas
introduciendo en ellos mi alma.

Escúchame, yo
solo quiero un corazón
que no lata a destiempo.
Quiero la copa llena
cuando todo se vacíe.
Quiero la desnudez.
La pureza.

Quiero comer
con mi útero.
Amar
con mi útero.
Sentir 
con mi útero.

Quiero amordazar al resto de mis órganos,
no sentir con mi cuerpo,
que no sea él,
que no mande él,
no someterme a él,
ser yo
quien siento
por encima de mí misma,
y reinarme,
alejarme,
alejarme mucho,
alejarme tanto,
tanto,
tanto,
tanto,
tanto,
hasta conseguir
estar verdaderamente
dentro de mí.

miércoles

El espectador






Siempre estábamos fuera.

Siempre intentábamos entrar.





Siempre nos quedábamos a las puertas, 
lamiéndonos las ganas de llegar a ser.

Teníamos las manos grasientas,
los dedos llenos de flujo y semen
de tanto tocarnos
el alma,
de tanto masturbarla
tratando sacar de ella
algo con vida.

Teníamos cientos de noches
esparcidas en nosotros,
el corazón abultado,
los sentimientos envasados,
las ganas de esperar
caducadas.

Volvíamos a casa
abriendo la nevera,
buscando comida,
quitándonos la ropa,
solos, sin ayuda,
sin beso en la frente,
sin cuento,
sin vaso de leche,
sin ningún otro cuerpo
al lado de la cama
en el que poder buscarnos
cuando no nos encontramos,
cuando nadie nos nombra,
sin ningún otro cuerpo
que nos sacie
este maldito hambre,
sin ningún otro cuerpo
al que poder devorar.




Siempre estábamos fuera.

Siempre intentábamos entrar

aunque no supiéramos cómo

ni dónde.